¿En qué se reconoce el republicanismo?
El republicanismo es una corriente de pensamiento que hunde sus raíces en la antigüedad clásica y que aún en el siglo XX manifiesta constante vigencia en los escritos de numerosos cientistas políticos, filósofos e historiadores (Bailyn, Pocock, Wood) que retoman y actualizan el debate en torno a tópicos que no agotan el excepcional caudal conceptual del corpus republicano.
Pensadores contemporáneos (Gargarella, Haakonssen) indican la remisión del republicanismo a pensadores clásicos en general (Homero, Eurípides, Sófocles, Tucídides, Herodoto, Plutarco, Cato, Ovidio, Juvenal, Cicerón, Séneca) y la república romana en particular; el resurgimiento de la idea de república en algunas ciudades-estado de la Italia renacentista; las provincias holandesas apenas liberadas de la monarquía hispana; el republicanismo inglés que alcanza su principal expresión en el influyente modelo de la (así llamada) "Constitución mixta"; los años fundacionales del constitucionalismo norteamericano, sobre todo desde los años inmediatamente posteriores a la independencia; parte del ideario propio de la revolución francesa[1].
Autores como Gordon Wood consideran al republicanismo una ideología radical, fundamentando su apreciación en el desafío republicano frente a los presupuestos de la monarquía (jerarquía, desigualdad, devoción por el nepotismo, patriarquía, patronazgo, dependencia), dando a luz a concepciones nuevas sobre el individuo, la familia, el estado, y las relaciones del individuo con la familia, el estado, y los demás individuos. El republicanismo ofreció nada menos que nuevas formas de organizar la sociedad. Desafió y disolvió las viejas conexiones monárquicas y le presentó a la gente tipos de compromiso alternativos, nuevas formas de relaciones sociales. Transformó la cultura monárquica y preparó el camino para los levantamientos revolucionarios de fines del siglo XVIII. (Wood, 1969: 96-7).[2]
Entre algunos de los autores contemporáneos que caracterizan al republicanismo podemos observar cierta homogeneidad respecto de algunos valores que se sostienen desde esta tradición.
Philip Pettit menciona la perspectiva anti-tiránica del republicanismo y la reivindicación de la libertad como ausencia de todo dominio y la vida en un estado de libertad.
Maquiavelo fue uno de los pensadores políticos que abrazaron la causa del vivere libero, continuado posteriormente por una defensa de los estados libres en James Harrington, John Milton y otros republicanos ingleses en el curso de la revolución constitucional del siglo XVII. También mas tarde, en la tradición antiabsolutista francesa del siglo XVIII y en particular en Montesquieu en su L’ Esprit des Lois.[3]
El republicanismo concibe a la libertad desde una mirada distintiva en relación a otras corrientes del pensamiento político. La libertad se expresa en valores como independencia y autonomía, como consecuencia de una categoría cardinal del republicanismo que es la de autogobierno, entendido como la participación en una comunidad que dispone en sus manos del control total de su propio destino, y propicia decisiones que gobiernan sus asuntos[4].
El autogobierno y la idea de libertad están, en esta configuración, ligadas a la idea de ciudadanía, y en éste último tópico emerge la idea de virtud cívica.
Según cita Javier Peña[5] la virtud cívica (conjunto de disposiciones que pone en ejercicio el buen ciudadano) tiene para el ciudadano republicano valor por sí misma: no se justifica como medio para obtener un fin exterior a sí misma, sino que forma parte de lo que considera una vida digna. Si antes veíamos la virtud como un imperativo condicional, ahora podríamos decir que, así considerada la virtud es una imperativo absoluto, “categórico” (Spitz, 1995).
En el republicanismo la ciudadanía es una dimensión pública de las personas, y una moral cívica ha de ser por tanto una moral pública, esto implica compartir aquellas disposiciones que aseguran la libertad común, pero no necesita homogeneidad cultural ni moral: no se apoya en una idea sustantiva del bien, en un ethos denso.
La ciudadanía activa es condición de nuestra libertad. Solo el esfuerzo y la actitud vigilante de los ciudadanos puede garantizar la independencia y estabilidad de la republica, y con ello nuestra seguridad y nuestra libertad negativa, la independencia para seguir los propios fines, sean cuales fueren.
Los buenos ciudadanos encuentran en el ejercicio de la ciudadanía más que un instrumento para fines privados; es para ellos un modo de vida digno, de autonomía, y de vivir como sujetos racionales interesados en el mundo. También su participación activa tiene que ver con la instauración de un orden colectivo de justicia y autogobierno, pero también con la construcción de la propia identidad moral y de la vida buena, la libertad política republicana esta ligada al gobierno de si mismo: la libertad como no dominación. La libertad interior, el gobierno de sí mismo nutren el amor a la libertad que sostiene a la república.
Entre otros tópicos de definición podríamos mencionar el interés sobre la autonomía en relación con la ausencia de dominación –categoría que inscribe a los aspectos negativos y positivos de la libertad en la concepción de Berlín- y que es reivindicada en las apreciaciones de Petit. También las apreciaciones sobre igualdad ligada a la suficiencia económica; control de poder en relación a lo público como esfera del ejercicio y al patriotismo como devoción por la comunidad política que sostiene un vínculo de cohesión que precisa la identidad republicana.
La impronta del republicanismo en la historia del pensamiento político universal, ha retomado fuerzas en los últimos tiempos donde paralelamente se objetivan en el planeta los resultados del discurrir de la contradicción humana, en guerras, invasiones y terrorismo. La propuesta republicana reivindica la necesidad humana de recuperar valores que han sido reemplazados por algunas frivolidades que han sesgado las miradas políticas de las últimas décadas. Superar las diferencias y recobrar esperanzas habitan la redención del republicanismo como pensamiento político.
¿En que se reconoce el Liberalismo?
El liberalismo expresa una doctrina política, en esa dirección entendemos que el liberalismo no es una filosofía de vida entendida como práctica religiosa revelada. En el sentido que esta tradición no tiene ninguna doctrina positiva particular acerca de cómo deben ser las personas o como deben obrar y conducir sus vidas. El liberalismo se define en una meta principal que consiste en garantizar las condiciones políticas necesarias para el ejercicio de la libertad personal. Y esta libertad se practica en la toma de decisiones individuales sobre todos los aspectos de la vida hasta donde sean compatibles con la libertad semejante de todo otro adulto.[6]
Entonces, pensar en los mecanismos que pueden entorpecer la libertad de las acciones individuales en las formas antes definidas, y las entidades que efectivizan a aquellas, implica llegar de forma inmediata a los agentes que constituyen el estado moderno. Y aunque existen otras muchas formas de opresión social, ninguna tiene el efecto expandido como aquellas que tienen a su disposición ilimitados recursos materiales de persuasión y penalización como las formas de estado.
Así, el liberalismo en sus diferentes tradiciones busca los caminos que se conviertan en formas elevadas de regulación social, garantizando los mecanismos de justicia y equidad necesarios para las prácticas individuales. En este contexto Judith Shklar nos habla de dos formas de liberalismo que responden a los dilemas políticos de composición de estructuras jurídicas y prácticas ciudadanas.[7]
Por un lado tenemos el Liberalismo de los Derechos Naturales que vela por el cumplimiento constante de un orden normativo ideal y preestablecido, sea este de la naturaleza o de Dios, cuyos principios tienen que ser realizados en las vidas de los ciudadanos individuales a través de las garantías públicas. Es nuestro deber y de la sociedad ver que estemos protegidos en nuestras vidas, libertades y propiedades y en todo lo que a ellas atañe. Con ese fin, tenemos la obligación de establecer agencias públicas protectoras y el derecho de demandar que nos proporcionen la oportunidad de hacer reclamos contra todas y cada una de ellas. Si las agencias gubernamentales tienen una sola función primordial, esta consiste en hacer que los derechos de los individuos sean una realidad, porque así lo requiere nuestra integridad como creaciones de dios o de la naturaleza. Es concebible que se pudiera afirmar que una sociedad perfecta u optima estaría compuesta exclusivamente por ciudadanos que reclamaran derechos. En todos los casos el liberalismo de los derechos naturales considera a la política como una cuestión de ciudadanos que procuran activamente sus propios fines asegurados con una ley mas elevada.
El paradigma de la política es el tribunal en el que se elaboran reglas y decisiones justas para satisfacer al mayor número posible de demandas hechas por ciudadanos individuales en contra de otros de sus iguales y en contra del gobierno y otras instituciones socialmente poderosas. El liberalismo de los derechos naturales aspira a una sociedad justa compuesta de ciudadanos políticamente fuertes, cada uno de ellos capaz de y dispuesto a sostenerse a si mismo y a los otros.
Igualmente inclinado a la esperanza es el Liberalismo del Desarrollo Personal. Desde esta tradición se sostiene que la libertad es necesaria tanto para el progreso personal como para el social. No podemos dar lo mejor de nosotros a menos que seamos libres para hacerlo. Y la moralidad es imposible si no tenemos la oportunidad de escoger nuestros cursos de acción. Tampoco podemos beneficiarnos de la educación si nuestras mentes no tiene la libertad de aceptar y rechazar lo que se nos dice y de leer y escuchar las mas grande variedad de opiniones opuestas. La moralidad y el conocimiento solo pueden desarrollarse en una sociedad libre y abierta.
Estas dos formas de liberalismo tienen sus voceros en John Locke y John Stuart Mill respectivamente, siendo las mismas expresiones genuinas de la doctrina liberal.
Aunque en contextos, lugares y de procedencias diversas, todos los autores involucrados en la edificación del paradigma liberal han realizado un frondoso aporte para ensanchar los territorios de implicancia política y económica, podemos conjeturar un tópico de problematización constante en todas las elaboraciones clásicas y modernas enlazadas al liberalismo: el problema del Estado.
En los clásicos la idea de estado va desde la maquinaria institucional que garantiza la propiedad y la libertad, hasta el estorbo para el impulso de políticas económicas de libre mercado. En las formas contemporáneas, ejemplificando el neoliberalismo, las avanzadas del estado socialista y de bienestar ameritaron rever y reconstituir las armas racionalistas de los padres fundadores en la diatriba sobre los efectos del estado paternalista que exime de responsabilidad y niega independencia a los individuos neutralizando su autonomía ciudadana.
El estado en todas sus formas es materia de constante análisis y toma de posición.
Algunas consideraciones comparativas entre republicanismo y liberalismo
Las desagregaciones que podemos inferir entre liberalismo y republicanismo son marcadas y por demás numerosas. Pero en líneas generales podemos proponer las siguientes caracterizaciones.
El republicanismo sostiene la necesidad de disolución de cualquier distinción franca entre los ámbitos públicos y privados, ya que el principal interés reposa en contar con una ciudadanía activa que manifieste un abierto compromiso con el éxito y la trascendencia política del estado, lo que dirige a promover cualidades fijadas en el carácter de los individuos.[8]
En ese camino, el liberalismo se ubica en las antípodas. La característica es la reivindicación en la desagregación de las esferas pública y privada de la misma forma que una necesaria cesura entre el mundo de lo político y lo personal. En el liberalismo los individuos preexisten a cualquier organización social y son más importantes que los grupos a los que pueden pertenecer.[9]
La tradición liberal funda un hombre independiente al que debe mantenerse protegido de cualquier coacción en nombre de cualquier razón ajena a su propia determinación. Incluso aún cuando la motivación que pueda guiar el compromiso sea un beneficio supraindividual que lo colocará en alguna posición honorífica y trascendental. Es por eso que el liberalismo demanda que el estado no interfiera en los actos privados del individuo, o mucho menos que requiera del hombre acciones altruistas ligadas a pretenciosas cualidades humanas en pro del bien común. No porque el liberalismo ciña reservorios misántropos, sino porque descubre que en las impetraciones morales emerge el territorio de la pérdida de la libertad individual.
En particular, al liberalismo le interesa "blindar" o "acorazar" la vida personal de cada uno frente a las preferencias circunstanciales que, al respecto, pueda tener el gobierno de turno (reclamando, por ejemplo, ciudadanos activos, o valerosos, o religiosos, o castos). Este tipo de ejercicio en favor de la neutralidad hace que se asocie al liberalismo con un "arte de la separación". Ello, en contraposición con una visión orgánica de la sociedad, más afín con el republicanismo, en donde la sociedad es vista como un todo cuyas partes deben convivir armónicamente e integradas entre sí.[10]
En secuencia de las previas argumentaciones, el ámbito que se presenta ahora es útil en la desagregación entre Liberalismo y Republicanismo: las políticas de bienestar público y derechos de las personas. Este apartado emana de una obligada vinculación entre ambos incisos ya que en los momentos de enlace suelen producirse una gama de tensiones que conmina a tomar posición profiláctica balanceada de uno u otro lugar.
En la tradición liberal, cualesquiera sean las matrices de emergencia que luego se prolongan en formas más finas o acabadas de defensa de lo individual, las políticas que derrotan hacia el bien común deben agotarse cuando comienzan a afectar la voluntad de acción de los actores sociales como seres emancipados. Las pautas destinadas a mejorar la vida social, aún cuando no movilicen pretensiones morales, en tanto presuman afección de la vida privada, deben considerarse pérdidas de derechos más que utilidades generales.
Las prescripciones de ley deben arrancar en la preservación de la autonomía privada, ya que en el liberalismo la salvaguarda de la mayoría no garantiza equidad, sino más bien una virtual tiranía de dudosa racionalidad.
En la tradición republicana, el vínculo entre políticas de bienestar general y los derechos individuales encuentra la fórmula opuesta al liberalismo: considerando que estos últimos son los que encuentran fronteras en aquellas legislaciones.
En continuidad, el republicanismo persigue apoyo en la voluntad de una mayoría que procura defensa frente a los desafíos de las eventuales minorías opresoras, real amenaza al colectivo republicano. El formato que adquiere este amparo puede cristalizarse en rígidas formas de ley, que en la tradición republicana es lo que viabiliza, e incluso funda la posibilidad de la vida en libertad, como consecuencia del autogobierno de la comunidad materializadas en la suma de virtudes ciudadanas que la componen.[11]
En el pensamiento liberal el énfasis de la tradición republicana en el emblema del autogobierno tendería a abrir la puerta a aquella temida amenaza tiránica de las mayorías[12] conducidas desde las instituciones propias de un estado republicano. La historia del liberalismo es la historia de la sospecha del estado que en arrogo de fuente natural de poder exhorte a obrar activamente a favor de una comunidad proba y en detrimento de las reservas individuales.
Según cita de Gargarella Sandel ha resumido los desacuerdos entre ambas corrientes del siguiente modo: "El liberal comienza preguntándose de qué modo el gobierno debería tratar a sus ciudadanos, y procura obtener principios de justicia capaces de tratar a las personas de modo equitativo en su persecución de intereses y fines distintos. El republicano comienza preguntándose de qué modo es que los ciudadanos pueden alcanzar su autogobierno, y procura obtener las formas políticas y las condiciones sociales que promuevan su ejercicio significativo" (Sandel, 1996)
La búsqueda del virtuosismo ciudadano en la constitución de un todo que hace al hombre libre, o la reivindicación de la defensa de las libertades individuales, constituyen los puntos de entradas a densos marcos teóricos forjados como clásicos del pensamiento político. El debate entre republicanismo y liberalismo se renueva en la filosofía contemporánea reinaugurando y redescubriendo consideraciones que a la luz del presente resignifican el pasado. En los últimos años un vivo interés en recuperar tradiciones políticas se ha objetivado en producciones de masiva circulación en ámbitos legos y académicos. Las producciones actuales en teoría política también acusan reminiscencias clásicas en argumentos ultramodernos, revelando que liberalismo y republicanismo no han dejado de predicar una reivindicación del hombre moderno.
Bibliografía
· Roberto Gargarella. El republicanismo y la filosofía política contemporánea. En publicación: Teoría y filosofía política.
· Sandel, M. (1996) Democracy’s Discontent. The Belknap Press of Harvard U.P. Cambridge.
· Peña, Javier Ciudadanía republicana y virtud Cívica
· José Guilherme Merquior Liberalismo Viejo y Nuevo – México - Fondo de Cultura Económica – 1993
· Judith N. Schklar El liberalismo del miedo En El Liberalismo y la vida Moral compilado por Nancy Rosemblum – Buenos Aires – Nueva Visión - 1993
· Raymond Aaron Las Etapas del Pensamiento Sociológico – Buenos Aires - Fausto – 1996
· Norberto Bobbio La Teoría de las Formas de Gobierno en la Historia del Pensamiento Político – Mexico – Fondo de Cultura Económica – 1987
· Pierre Manent Historia del Pensamiento Liberal – Buenos Aires – Emecé – 1990
[1] Roberto Gargarella. El republicanismo y la filosofía política contemporánea. En publicación: Teoría y filosofía política. La tradición clásica y las nuevas fronteras Atilio A. Boron CLACSO, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina. 2001. ISBN: 950-9231-41-x
[2] idem
[3] Idem ibid
[4] Sandel, M. (1996) Democracy’s Discontent. The Belknap Press of Harvard U.P. Cambridge.
[5] Peña, Javier Ciudadanía republicana y virtud Cívica
[6] Shklar, Judith El liberalismo del miedo en El liberalismo y la vida moral Nancy Rosenblum (dir) Ediciones Nueva Visión
[7] Ídem
[8] Roberto Gargarella. El republicanismo y la filosofía política contemporánea. En publicación: Teoría y filosofía política. La tradición clásica y las nuevas fronteras Atilio A. Boron CLACSO, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina. 2001. ISBN: 950-9231-41-
[9] idem
[10] De acuerdo con Charles Larmore, "El liberalismo es visto (...) como un ‘arte de la separación’, opuesto a la idea de la sociedad como un todo orgánico. Esta visión encuentra su exposición paradigmática en las teorías de la tolerancia de Bodin, Locke y Bayle, para quienes la importancia suprema de la religión es compatible con el hecho de que el estado se oriente a asegurar la paz civil antes que la salvación. Y ha sido el objeto de oprobio por parte de numerosos pensadores políticos, desde Rousseau a Marx y otros tantos quienes, viendo en esta diferenciación entre ámbitos una vía abierta para la ‘alienación’, han tendido a defender al hombre como ‘totalidad’" (Larmore, 1987; 76). Citado por Gargarella
[11] Ver supra página 2
[12] Gargarella
viernes, 31 de agosto de 2007
Consideraciones sobre el estado terapéutico (por Fernando Ré)
Consideraciones sobre el ESTADO TERAPEUTICO.
Las consideraciones siguientes circulan en el extenso territorio de los derechos que nos habilitan a ejecutar una vasta cantidad de acciones que usualmente denominamos libertades individuales, y que en su mayoría –explícita o implícitamente- están garantizadas en los códigos legales que rigen la vida jurídica de los países occidentales.
Demás está decir que en la configuración de los Estados Modernos la arrogancia del uso monopólico de la violencia legítima, es un tópico definitivo y que en ese reclamo se hacen funcionar, entre otras, las garantías de existencia de las libertades y autonomías ciudadanas, que en prácticamente todos los países occidentales reposan en el derecho de propiedad. Esto lleva a considerar como asunto, que entre las razones de legitimación social del estado, la protección de la propiedad y la preservación de la inviolabilidad de mis derechos como poseedor, son primarios y excluyentes.
El derecho de propiedad de los estados occidentales, ilustrado en las tradiciones políticas que inspiran nuestras cartas constitucionales, contiene en sus raíces el más originario e inalienable derecho del ciudadano moderno: la propiedad sobre su cuerpo físico, y esto supone el derecho a la autodeterminación sobre qué introducimos en nuestros cuerpos, en qué medida y cuándo lo hagamos. En 1690 John Locke superaba contradicciones afirmando que cada hombre tiene una propiedad en su propia persona. Sobre esto nadie tiene ningún derecho salvo él mismo[1]. Pero en el siglo XXI el estado de las cosas parece haberle dado la espalda a los principios liberales y concurrimos a un sistemático avasallamiento de nuestros derechos de propiedad desde un estado que ostenta una racionalidad sanitaria supraindividual y bajo la cual conduce los destinos higiénicos de sus ciudadanos. Pero no es mi intención precisar históricamente los procesos que permiten la emergencia de las formas de estados que toman a su cargo la vida de sus ciudadanos montando una aceitada maquinaria médico asistencial[2] y que eventualmente dispone la conveniencia o no de utilizar tal o cual elemento. El interés de éste trabajo, es reparar en algunas de las eventualidades sociales que hacen al orden contemporáneo de aquél fenómeno, y a insinuar algunas de las características subjetivas de las sociedades que sin más, ven desvanecerse libertades que en el horizonte de la autonomía individual distinguen su irrecuperabilidad. En letra de E.J. Erler cuando la vida y la libertad están en juego, ya están en peligro[3]. (Las libertades individuales no se regeneran, no se recuperan, no vuelven a su forma originaria, no se reemplazan. Una libertad perdida es una célula que no se regenera). En ésta dirección nuestra pérdida del derecho al consumo de drogas debe ser atendida como un aviso de las invasiones a la vida y a la libertad.
Dentro de la gama de productos de consumo individual que se encuentran controladas por el estado, podemos sugerir que las distinguidas son las denominadas drogas peligrosas. Sin embargo, las sustancias que llamamos drogas son objetos materiales tales como hojas, líquidos, polvos y cápsulas, productos de la naturaleza o del ingenio humano[4], entre la cuales un grupo particular recibe el nombre de peligrosas, pero la existencia de las mismas no se agota en ese fragmento prohibido al acceso ciudadano.
Dado que nuestros cuerpos y las drogas son tipos de propiedad, el consumo, comercio y uso de drogas son derechos sobre propiedades, y las prohibiciones o limitaciones al acceso a drogas constituyen un despojo de derechos constitucionales básicos[5].
Thomas Szasz, Psiquiatra Profesor en al SUNY – Health Science Center, en Siracusa, Nueva y York, y de quien tomo las referencias en éste tramo de mi trabajo, durante la Reunión Internacional Antiprohibicionista en Bruselas en 1988[6], sostuvo que prominentes figuras de la ciencia, la medicina y los mass media, creen en la realidad del peligro de las drogas y aman la fantasía del mito farmacológico, sintiéndose entonces inspirados ante la perspectiva de limpiar sus naciones de sustancias ilícitas en una moderna <> emprendida contra las drogas y contra quienes las venden y las compran.
Los controles contemporáneos sobre drogas no se basan en consideraciones objetivas como estudios técnicos y científicos, sino que se parecen a las prohibiciones de sustancias cuyo control descansa en consideraciones religiosas o políticas. La preocupación que durante dos siglos –hasta entrado el siglo XX- mantuvo el pensamiento popular y profesional sobre la masturbación como la amenaza para el bienestar social e individual, parece haberse desplazado a una preocupación similar frente al abuso de las drogas.
En casi todos lo casos de prohibición –de drogas o cualquier otra cosa- confrontamos ciertas normas rituales–ceremoniales que se racionalizan y se justifican a través de fundamentos pragmático-científicos: el argumento típico nos dice que tales prohibiciones protegen la salud o el bienestar de individuos o grupos particularmente vulnerables, pero en realidad tales normas protegen el bienestar y la integridad de la comunidad como un todo, lo equivale a decir que ciertas normas de comportamiento cumplen funciones ceremoniales.
La autonomía individual de injerir cualquier sustancia es análoga, en un estado de derecho, a la libertad de expresión o a la libertad religiosa. Pero a los fríos ojos de cualquier ciudadano la percepción de cualquier ínfima intrusión estatal sobre prácticas religiosas o soberana manifestación –sin mencionar el menoscabo de cualquier tipo de propiedad privada reconocida legalmente- principia vehementes rechazos y hasta violentas revueltas desnudando extinguir palmarias intromisiones a la vida libre e independiente. Este no es el caso del derecho a acceder a cualquier sustancia que el hombre desee. ¿Por qué no existe una mancomunada defensa a consumir cualquier tipo de drogas como existe una sólida defensa a los derechos análogos? Incluso podemos inquirir también ¿por qué la gran mayoría de la población de nuestros países rechaza de plano la libre utilización de sustancias por parte de quien así lo decida?
El Dr. Szasz sostiene que las respuestas se encuentra en el hecho de que la nuestra es una sociedad medieval casi en el mismo sentido en que la sociedad medieval española era teocrática, y en esas condiciones hombres y mujeres no concebían la separación entre iglesia y estado y pregonaban fervientemente su unión. Nosotros viviendo en una sociedad terapéutica, no creemos en la separación entre la medicina y el estado, sino que aceptamos y exaltamos su alianza.
El ser social aprueba y lo asume como un elemento obvio, que es legítimo asunto del estado controlar algunas sustancias y en particular las drogas psicoactivas. Desde éste lugar, el estado debe controlar tanto a los individuos peligrosos como a las drogas peligrosas, en beneficio de la sociedad. La falacia de esa analogía se evidencia en el asimilar las nociones de drogas peligrosas y actos peligrosos, como resultado el mito popular propaga que las drogas peligrosas convierten a las personas en sujetos peligrosos, y por esa razón el estado debe velar por la seguridad de sus ciudadanos cuidándolos de las drogas del mismo modo que los protege del asesinato y del robo.
Al estado terapéutico, como a todas las formas de organización social, lo preexisten individuos que por diversas razones desean reverberar en una corporación común. Los lugares que construimos permanentemente como personas racionales y en las cuales dejamos reposar nuestros atuendos de ciudadanías no son ni más ni menos que fruto de nuestras creativas facultades humanas. Deleuze y Guattari sostienen que la producción social es tan sólo la propia producción deseante en condiciones determinadas (…) decimos que el campo social está inmediatamente recorrido por el deseo, que es su producto históricamente determinado, y que la libido no necesita ninguna mediación ni sublimación (…) sólo hay el deseo y lo social, y nada más. Incluso las formas más represivas (…) de la reproducción social son producidas por el deseo, en la organización que se despende de él bajo tal o cual condición que deberemos analizar.(…) ¿Por qué soportan los hombres desde siglos la explotación, la humillación, la esclavitud hasta el punto de quererlas no sólo para los demás sino también para sí mismos?[7] Y aludiendo a Reich en la relación de las masas con el fascismo, citan ellas no fueron engañadas, desearon el fascismo en determinado momento, en determinadas circunstancias, y esto es lo que precisa explicación, ésta perversión del deseo gregario[8].
La lógica precedente indica entonces el camino a alguna reflexión. Si aceptamos que el perfil acabado del Estado Terapéutico expresa una de las formas perversas del deseo gregario, debemos precisar que el campo disciplinar que lo configura es el saber médico, y es altamente improbable encontrar un género discursivo tan legitimado socialmente como éste.
Si el estado media entre los derechos privados y su preservación en los ciudadanos, castigando a quienes transgreden las normas de civilidad, es en la forma del Estado Terapéutico donde la medicina va a regular la relación del hombre con su cuerpo, y donde las desviaciones de las normas establecidas por la medicina serán consideradas anormalidades y castigadas con sanciones médicas.[9] La percepción popular corriente del usuario sistemático de sustancias prohibidas como adicto, y el posterior parentesco con la enfermedad mental, no tiene más raíces que las teorías médicas del siglo XX, piso de elevación de la espiritualidad occidental contemporánea. En el ansia de guarecernos bajo el ala cálida y protectora del estado y la medicina, aflora la sumisión humana que tolera progresivamente la rapacería de nuestra autodeterminación como sujetos adultos e independientes.
La prohibición del acceso a sustancias considerada como avasallamientos de libertades individuales es en alguna dimensión un despojo de derechos básicos -como el derecho a la propiedad-, pero por esa misma razón se convierte en un dilema ético. El enfrentamiento entre autoridad y autonomía y la tensión permanente entre el comportamiento que se somete a la represión y el que se basa en la libre elección de cada uno, constituyen los temas cardinales de la moral humana.
Tal vez la alternativa sea relevar el análisis moralista de la producción, comercio y consumo de drogas y establecer series claras respecto de las pérdidas y ganancias a las que nos exponemos cuando las libertades individuales se encadenan a intereses que lejos de ser emancipadores forjan las esclavas de sutiles formas de control.
Es evidente que al complejo de las drogas incluye una multiplicidad dimensional que en ésta oportunidad han quedado relegadas por obvias razones y que podemos convocar a debate. Entre ellas, las consecuencias de la llamada Guerra contra las drogas, los intereses ocultos sobre el control, el monopolio médico de las drogas legales, la desinformación en la educación sobre drogas, el debate sobre la legalización, los modelos de exclusión hacia los consumidores, y también la criminalización y control sobre los usuarios y pequeños comerciantes.
La discusión está abierta.
Fernando Ré
[1] Locke, John Ensayo sobre el Gobierno Civil 1690
[2] Indudablemente el interesado en éstos tópicos deberá observar los análisis de Michel Foucault en su extensa producción
[3] Erler, E.J. The Great Fence to Liberty; The right to property in the American Founding en E.F. Paul y H. Dickman eds. Liberty, Property, and de foundations of the American Constitution (Albany, State University of New York Press, 1989) citado por T. Szasz Nuestro Derecho a las Drogas. Anagrama, 1993
[4] Szasz, T. Nuestro derecho a las drogas. Anagrama, 1993
[5] idem
[6] Szasz, T. Contra el Estado Terapéutico. Derechos Individuales y drogas. Publicado en “El imperio de la droga” Fontamara, Méjico 1992. Publicado en Argentina en la Revista de Ciencias Sociales Delito y Sociedad
[7] Deleuze, G. Guattari, F. El Anti Edipo. Capitalismo y esquizofrenia. Paidós, 1995.
[8] Reich Psycologie de masse du fascisme (tr. Castellana Ed. Bruguera, 1980)
[9] Szasz, T. Nuestro derecho a las drogas Anagrama, 1993
Las consideraciones siguientes circulan en el extenso territorio de los derechos que nos habilitan a ejecutar una vasta cantidad de acciones que usualmente denominamos libertades individuales, y que en su mayoría –explícita o implícitamente- están garantizadas en los códigos legales que rigen la vida jurídica de los países occidentales.
Demás está decir que en la configuración de los Estados Modernos la arrogancia del uso monopólico de la violencia legítima, es un tópico definitivo y que en ese reclamo se hacen funcionar, entre otras, las garantías de existencia de las libertades y autonomías ciudadanas, que en prácticamente todos los países occidentales reposan en el derecho de propiedad. Esto lleva a considerar como asunto, que entre las razones de legitimación social del estado, la protección de la propiedad y la preservación de la inviolabilidad de mis derechos como poseedor, son primarios y excluyentes.
El derecho de propiedad de los estados occidentales, ilustrado en las tradiciones políticas que inspiran nuestras cartas constitucionales, contiene en sus raíces el más originario e inalienable derecho del ciudadano moderno: la propiedad sobre su cuerpo físico, y esto supone el derecho a la autodeterminación sobre qué introducimos en nuestros cuerpos, en qué medida y cuándo lo hagamos. En 1690 John Locke superaba contradicciones afirmando que cada hombre tiene una propiedad en su propia persona. Sobre esto nadie tiene ningún derecho salvo él mismo[1]. Pero en el siglo XXI el estado de las cosas parece haberle dado la espalda a los principios liberales y concurrimos a un sistemático avasallamiento de nuestros derechos de propiedad desde un estado que ostenta una racionalidad sanitaria supraindividual y bajo la cual conduce los destinos higiénicos de sus ciudadanos. Pero no es mi intención precisar históricamente los procesos que permiten la emergencia de las formas de estados que toman a su cargo la vida de sus ciudadanos montando una aceitada maquinaria médico asistencial[2] y que eventualmente dispone la conveniencia o no de utilizar tal o cual elemento. El interés de éste trabajo, es reparar en algunas de las eventualidades sociales que hacen al orden contemporáneo de aquél fenómeno, y a insinuar algunas de las características subjetivas de las sociedades que sin más, ven desvanecerse libertades que en el horizonte de la autonomía individual distinguen su irrecuperabilidad. En letra de E.J. Erler cuando la vida y la libertad están en juego, ya están en peligro[3]. (Las libertades individuales no se regeneran, no se recuperan, no vuelven a su forma originaria, no se reemplazan. Una libertad perdida es una célula que no se regenera). En ésta dirección nuestra pérdida del derecho al consumo de drogas debe ser atendida como un aviso de las invasiones a la vida y a la libertad.
Dentro de la gama de productos de consumo individual que se encuentran controladas por el estado, podemos sugerir que las distinguidas son las denominadas drogas peligrosas. Sin embargo, las sustancias que llamamos drogas son objetos materiales tales como hojas, líquidos, polvos y cápsulas, productos de la naturaleza o del ingenio humano[4], entre la cuales un grupo particular recibe el nombre de peligrosas, pero la existencia de las mismas no se agota en ese fragmento prohibido al acceso ciudadano.
Dado que nuestros cuerpos y las drogas son tipos de propiedad, el consumo, comercio y uso de drogas son derechos sobre propiedades, y las prohibiciones o limitaciones al acceso a drogas constituyen un despojo de derechos constitucionales básicos[5].
Thomas Szasz, Psiquiatra Profesor en al SUNY – Health Science Center, en Siracusa, Nueva y York, y de quien tomo las referencias en éste tramo de mi trabajo, durante la Reunión Internacional Antiprohibicionista en Bruselas en 1988[6], sostuvo que prominentes figuras de la ciencia, la medicina y los mass media, creen en la realidad del peligro de las drogas y aman la fantasía del mito farmacológico, sintiéndose entonces inspirados ante la perspectiva de limpiar sus naciones de sustancias ilícitas en una moderna <
Los controles contemporáneos sobre drogas no se basan en consideraciones objetivas como estudios técnicos y científicos, sino que se parecen a las prohibiciones de sustancias cuyo control descansa en consideraciones religiosas o políticas. La preocupación que durante dos siglos –hasta entrado el siglo XX- mantuvo el pensamiento popular y profesional sobre la masturbación como la amenaza para el bienestar social e individual, parece haberse desplazado a una preocupación similar frente al abuso de las drogas.
En casi todos lo casos de prohibición –de drogas o cualquier otra cosa- confrontamos ciertas normas rituales–ceremoniales que se racionalizan y se justifican a través de fundamentos pragmático-científicos: el argumento típico nos dice que tales prohibiciones protegen la salud o el bienestar de individuos o grupos particularmente vulnerables, pero en realidad tales normas protegen el bienestar y la integridad de la comunidad como un todo, lo equivale a decir que ciertas normas de comportamiento cumplen funciones ceremoniales.
La autonomía individual de injerir cualquier sustancia es análoga, en un estado de derecho, a la libertad de expresión o a la libertad religiosa. Pero a los fríos ojos de cualquier ciudadano la percepción de cualquier ínfima intrusión estatal sobre prácticas religiosas o soberana manifestación –sin mencionar el menoscabo de cualquier tipo de propiedad privada reconocida legalmente- principia vehementes rechazos y hasta violentas revueltas desnudando extinguir palmarias intromisiones a la vida libre e independiente. Este no es el caso del derecho a acceder a cualquier sustancia que el hombre desee. ¿Por qué no existe una mancomunada defensa a consumir cualquier tipo de drogas como existe una sólida defensa a los derechos análogos? Incluso podemos inquirir también ¿por qué la gran mayoría de la población de nuestros países rechaza de plano la libre utilización de sustancias por parte de quien así lo decida?
El Dr. Szasz sostiene que las respuestas se encuentra en el hecho de que la nuestra es una sociedad medieval casi en el mismo sentido en que la sociedad medieval española era teocrática, y en esas condiciones hombres y mujeres no concebían la separación entre iglesia y estado y pregonaban fervientemente su unión. Nosotros viviendo en una sociedad terapéutica, no creemos en la separación entre la medicina y el estado, sino que aceptamos y exaltamos su alianza.
El ser social aprueba y lo asume como un elemento obvio, que es legítimo asunto del estado controlar algunas sustancias y en particular las drogas psicoactivas. Desde éste lugar, el estado debe controlar tanto a los individuos peligrosos como a las drogas peligrosas, en beneficio de la sociedad. La falacia de esa analogía se evidencia en el asimilar las nociones de drogas peligrosas y actos peligrosos, como resultado el mito popular propaga que las drogas peligrosas convierten a las personas en sujetos peligrosos, y por esa razón el estado debe velar por la seguridad de sus ciudadanos cuidándolos de las drogas del mismo modo que los protege del asesinato y del robo.
Al estado terapéutico, como a todas las formas de organización social, lo preexisten individuos que por diversas razones desean reverberar en una corporación común. Los lugares que construimos permanentemente como personas racionales y en las cuales dejamos reposar nuestros atuendos de ciudadanías no son ni más ni menos que fruto de nuestras creativas facultades humanas. Deleuze y Guattari sostienen que la producción social es tan sólo la propia producción deseante en condiciones determinadas (…) decimos que el campo social está inmediatamente recorrido por el deseo, que es su producto históricamente determinado, y que la libido no necesita ninguna mediación ni sublimación (…) sólo hay el deseo y lo social, y nada más. Incluso las formas más represivas (…) de la reproducción social son producidas por el deseo, en la organización que se despende de él bajo tal o cual condición que deberemos analizar.(…) ¿Por qué soportan los hombres desde siglos la explotación, la humillación, la esclavitud hasta el punto de quererlas no sólo para los demás sino también para sí mismos?[7] Y aludiendo a Reich en la relación de las masas con el fascismo, citan ellas no fueron engañadas, desearon el fascismo en determinado momento, en determinadas circunstancias, y esto es lo que precisa explicación, ésta perversión del deseo gregario[8].
La lógica precedente indica entonces el camino a alguna reflexión. Si aceptamos que el perfil acabado del Estado Terapéutico expresa una de las formas perversas del deseo gregario, debemos precisar que el campo disciplinar que lo configura es el saber médico, y es altamente improbable encontrar un género discursivo tan legitimado socialmente como éste.
Si el estado media entre los derechos privados y su preservación en los ciudadanos, castigando a quienes transgreden las normas de civilidad, es en la forma del Estado Terapéutico donde la medicina va a regular la relación del hombre con su cuerpo, y donde las desviaciones de las normas establecidas por la medicina serán consideradas anormalidades y castigadas con sanciones médicas.[9] La percepción popular corriente del usuario sistemático de sustancias prohibidas como adicto, y el posterior parentesco con la enfermedad mental, no tiene más raíces que las teorías médicas del siglo XX, piso de elevación de la espiritualidad occidental contemporánea. En el ansia de guarecernos bajo el ala cálida y protectora del estado y la medicina, aflora la sumisión humana que tolera progresivamente la rapacería de nuestra autodeterminación como sujetos adultos e independientes.
La prohibición del acceso a sustancias considerada como avasallamientos de libertades individuales es en alguna dimensión un despojo de derechos básicos -como el derecho a la propiedad-, pero por esa misma razón se convierte en un dilema ético. El enfrentamiento entre autoridad y autonomía y la tensión permanente entre el comportamiento que se somete a la represión y el que se basa en la libre elección de cada uno, constituyen los temas cardinales de la moral humana.
Tal vez la alternativa sea relevar el análisis moralista de la producción, comercio y consumo de drogas y establecer series claras respecto de las pérdidas y ganancias a las que nos exponemos cuando las libertades individuales se encadenan a intereses que lejos de ser emancipadores forjan las esclavas de sutiles formas de control.
Es evidente que al complejo de las drogas incluye una multiplicidad dimensional que en ésta oportunidad han quedado relegadas por obvias razones y que podemos convocar a debate. Entre ellas, las consecuencias de la llamada Guerra contra las drogas, los intereses ocultos sobre el control, el monopolio médico de las drogas legales, la desinformación en la educación sobre drogas, el debate sobre la legalización, los modelos de exclusión hacia los consumidores, y también la criminalización y control sobre los usuarios y pequeños comerciantes.
La discusión está abierta.
Fernando Ré
[1] Locke, John Ensayo sobre el Gobierno Civil 1690
[2] Indudablemente el interesado en éstos tópicos deberá observar los análisis de Michel Foucault en su extensa producción
[3] Erler, E.J. The Great Fence to Liberty; The right to property in the American Founding en E.F. Paul y H. Dickman eds. Liberty, Property, and de foundations of the American Constitution (Albany, State University of New York Press, 1989) citado por T. Szasz Nuestro Derecho a las Drogas. Anagrama, 1993
[4] Szasz, T. Nuestro derecho a las drogas. Anagrama, 1993
[5] idem
[6] Szasz, T. Contra el Estado Terapéutico. Derechos Individuales y drogas. Publicado en “El imperio de la droga” Fontamara, Méjico 1992. Publicado en Argentina en la Revista de Ciencias Sociales Delito y Sociedad
[7] Deleuze, G. Guattari, F. El Anti Edipo. Capitalismo y esquizofrenia. Paidós, 1995.
[8] Reich Psycologie de masse du fascisme (tr. Castellana Ed. Bruguera, 1980)
[9] Szasz, T. Nuestro derecho a las drogas Anagrama, 1993
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