miércoles, 11 de julio de 2007

Liberalismo, neoliberalismo y libertarians (por Fernando Ré)

En el siguiente trabajo intentaré describir algunas características en las que se manifiestan en el siglo XX las tradiciones liberales que definimos como perspectivas clásicas.
Intentaré inicialmente proponer una clasificación de las corrientes mencionadas para luego ver cómo se actualizan en el pasado siglo XX en producciones neoliberales, para llegar después a las derivaciones teóricas alcanzadas por autores que influidos por lo clásico y lo contemporáneo, dan a luz a otras corrientes que reconocen la impronta liberal, conocido como libertarianismo, en la expresión de uno de sus mas actuales expositores: Thomas Szasz.


En que se reconoce el Liberalismo
El liberalismo expresa una doctrina política, en camino de tal propuesta entendemos que el liberalismo no es una filosofía de vida entendida como práctica religiosa revelada. En el sentido que esta tradición no tiene ninguna doctrina positiva particular acerca de cómo deben ser las personas o como deben obrar y conducir sus vidas. El liberalismo se define en una meta principal que consiste en garantizar las condiciones políticas necesarias para el ejercicio de la libertad personal. Y esta libertad se practica en la toma de decisiones individuales sobre todos los aspectos de la vida hasta donde sean compatibles con la libertad semejante de todo otro adulto.
Entonces, pensar en los mecanismos que pueden obturar las decisiones individuales en las formas antes definidas, y los dispositivos que efectúan aquellos, implica llegar de forma inmediata a los agentes que constituyen el estado moderno. Y aunque existen otras muchas formas de opresión social, ninguna tiene el efecto expandido como aquellas que tienen a su disposición ilimitados recursos materiales de persuasión y penalización como las formas de estado.
Así, el liberalismo en sus diferentes tradiciones busca los caminos que se conviertan en formas elevadas de regulación social, garantizando los mecanismos de justicia y equidad necesarios para las practicas individuales. En este contexto Judith Schklar nos habla de dos formas de liberalismo que responden a los dilemas políticos de composición de estructuras jurídicas y prácticas ciudadanas.
Por un lado tenemos el Liberalismo de los Derechos Naturales que vela por el cumplimiento constante de un orden normativo ideal y preestablecido, sea este de la naturaleza o de dios, cuyos principios tienen que ser realizados en las vidas de los ciudadanos individuales a través de las garantías públicas. Es nuestro deber y de la sociedad ver que estemos protegidos en nuestras vidas, libertades y propiedades y en todo lo que a ellas atañe. Con ese fin, tenemos la obligación de establecer agencias públicas protectoras y el derecho de demandar que nos proporcionen la oportunidad de hacer reclamos contra todas y cada una de ellas. Si las agencias gubernamentales tienen una sola función primordial, esta consiste en hacer que los derechos de los individuos sean una realidad, porque así lo requiere nuestra integridad como creaciones de dios o de la naturaleza. Es concebible que se pudiera afirmar que una sociedad perfecta u optima estaría compuesta exclusivamente por ciudadanos que reclamaran derechos. En todos los casos el liberalismo de los derechos naturales considera a la política como una cuestión de ciudadanos que procuran activamente sus propios fines asegurados con una ley mas elevada.
El paradigma de la política es el tribunal en el que se elaboran reglas y decisiones justas para satisfacer al mayor numero posible de demandas hechas por ciudadanos individuales en contra de otros de sus iguales y en contra del gobierno y otras instituciones socialmente poderosas. El liberalismo de los derechos naturales aspira a una sociedad justa compuesta de ciudadanos políticamente fuertes, cada uno de ellos capaz de y dispuesto a sostenerse a si mismo y a los otros.
E igualmente inclinado a la esperanza es el Liberalismo del Desarrollo Personal. Desde esta tradición se sostiene que la libertad es necesaria tanto para el progreso personal como para el social. No podemos dar lo mejor de nosotros a menos que seamos libres para hacerlo. Y la moralidad es imposible si no tenemos la oportunidad de escoger nuestros cursos de acción. Tampoco podemos beneficiarnos de la educación si nuestras mentes no tiene la libertad de aceptar y rechazar lo que se nos dice y de leer y escuchar las mas grande variedad de opiniones opuestas. La moralidad y el conocimiento solo pueden desarrollarse en una sociedad libre y abierta.
Estas dos formas de liberalismo tienen sus voceros en Jhon Locke y John Stuart Mill respectivamente, siendo las mismas expresiones genuinas de la doctrina liberal.


Perspectivas Neoliberales. August von Hayek
La formas políticas herederas de las tradiciones liberales que emergen en el siglo XX, no tienen el peso trascendental y, por supuesto, la originalidad de los clásicos, e incluso podemos reponsabilizarlos de la mala propaganda que actual e injustamente goza el liberalismo. Pero de cualquier manera como perspectivas políticas que se han difundido a lo largo del mundo con un cuestionable éxito y apresurado por el fenómeno globalizador, no debemos bajo ningún aspecto restar méritos a pensadores que, mas allá de las consecuencias políticas que ha generado su difusión, se han ganado un lugar en la historia del pensamiento político.

Friedrick August von Hayek (1899) transformó lo cataláctico (termino acuñado por Ludwig von Mises de quien fue discípulo y que denota los fenómenos de intercambio, el alma del mercado) en una visión del mundo. Pero fue mas allá de su maestro Mises al insistir que no es la comprensión racional de sus beneficios generales lo que condujo a la difusión de la economía de mercado. Hayek piensa que el progreso deriva de las acciones del hombre pero no de los designios del hombre.
En su texto Pure theory of capital (1941) reflejaba el antikeynesianismo intenso de la economía de la Escuela de Economía de Londres. En 1944 publicó The road to serfdorm en que denunciaba la planificación y el estado como caminos a la tiranía. Sin embargo los pronósticos de Hayek eran demasiado rebuscados. Irónicamente, sus propias críticas posteriores a la democracia pueden leerse como una refutación de la tesis de The road... si la democracia sin trabas, como piensa ahora, milita en contra del mercado, por lo menos es obvio que no pereció sino que sobrevivió durante el largo crecimiento del Estado d Bienestar.
El libro de Hayek totalmente dedicado a la teoría política apareció en 1960 bajo el título The constitution of Liberty. Es un tratado de forma clásica, que desafió abiertamente el tabú analítico de la filosofía política. Hayek colocaba al mercado y el progreso en un marco evolucionista y a continuación presentaba al mercado como un sistema de información sin paralelo: los precios, los salarios y los beneficios altos o bajos son mecanismos que distribuyen entre los agentes económicos información que de otra manera no pueden conocer, porque la masa colosal de los hechos económicamente significativos es inabarcable. La intervención estatal es nociva porque hace que la red de información del sistema de precios emita señales engañosas, además de reducir la amplitud de la experimentación económica. En cuanto al progreso se produce a través de una mirada de intentos ensayo-error de los humanos, porque la evolución social procede por la selección por imitación de las instituciones y los hábitos que tiene éxito. Generalizando su visión del papel del mercado, Hayek sostuvo que los problemas humanos en su conjunto son demasiado complejos y cambiantes para ser abarcado en forma “constructivista” por el intelecto humano. Para Hayek el cosmos u orden espontáneo y creciente, está muy por encima del taxis –los ordenamientos voluntarios de las utopías racionalistas.
En los años setenta Hayek reforzó esas posiciones en una trilogía Law, legislation and liberty. Contiene en ella una vigorosa reafirmación del neoliberalismo. Las únicas dos funciones del gobierno legítimo son, según Hayek, suministrar un marco para el mercado y proporcionar servicios que el mercado no puede proveer. Aquella trilogía reafirmó además lo que ha llegado a ser conocido como la Tesis de la Indivisibilidad de la Libertad, gracias a otra estrella de Chicago, el economista Milton Friedman. Lo que afirma es que a menos que uno alcance la libertad económica, las demás libertades –civiles y políticas- se desvanecen.
Hayek es el ultra entre los neoliberales. En general se considera que su ácida crítica de los sueños igualitaristas y su repudio a la democracia mayoritaria, lo ponen en el grupos de los liberales conservadores, pero Hayek no se considera un conservador. La Constitución de la Libertad tiene un epílogo titulado justamente “Por qué no soy conservador”. El Liberalismo nos es adverso a la evolución y el cambio, mientras el conservadurismo gusta demasiado de la autoridad, es generalmente tolerante con la coerción, a menudo ignorante de la economía, demasiado nostálgico y antidemocrático antes que antiestatista.
Hayek es un defensor del individualismo moral. Piensa que, excepto en ámbitos bien circunscriptos, no es necesario que exista acuerdo sobre los fines “no imponemos una escala unitaria de fines concretos” escribe “ni tratamos de lograr que una visión particular de qué es mas y qué es menos importante gobierne la sociedad entera”. Lo que Hayek propone es la nomocracia: reglas de juego en lugar de valores y fines compartidos. Al fin de cuentas, para Hayek la libertad es el fondo un instrumento del progreso, el mérito supremos del individuo hayekano es contribuir (sin darse cuenta) a la evolución social.

Perspectiva de los Libertarians. Thomas Szasz
Thomas Szasz es un Pisquiatra famoso internacionalmente, activo libertario y un filósofo de la medicina. Autor de polémicos libros como El mito de la Enfermedad Mental en 1961.
Nacido en Budapest, Hungría, Szasz inmigró los Estados Unidos en 1938 y recibió su titulo de grado en Física en 1938 con honores y su Master en 1944, ambos de la Universidad de Cincinatti. Realizó sus prácticas en Medicina en la ciudad e Boston y en el Hospital General de Cincinatti, en Psiquiatría en la Universidad de Chicago y en Psicoanálisis en el Instituto Psicoanalítico de Chicago. Entre 1954 a 1956 sirvió en la Reserva Naval de los Estados Unidos.
Szasz ha publicado cientos de artículos, cartas, comentarios, entrevistas, debates y prólogos. También cerca de veinte libros, entre ellos Pain and Pleasure (1957), The ethics of Psychoanalysis (1965), The manufacture of Madness (1970), The myth of Psychotherapy (1978), Insanity: The idea and its consequences (1987), Fatal Freedom (1999) y Pharmacracy: Medicine and Politics in América (2001).

Al momento de encuadrar a éste autor en una marco referencial de tradición liberal, el amplio espectro de las influencias clásicas y contemporáneas que ha recibido dificultan un recorte. Aunque Szasz he manifestado no poder mencionar una sola determinación teórica en su desarrollo, las influencias del Liberalismo del Desarrollo Personal para retornar a nuestra primera clasificación, y de August von Hayek entre los paradigmas neoliberales, son los que indudablemente han marcado el camino teórico recorrido por el mismo.
Pero Szasz no es un autor de desarrollo del plano económico, aunque es continua la referencia a cómo deberían funcionar los ámbitos de recaudación impositiva –o incluso no funcionar en el estado liberal- en combinación con la necesaria garantía de autonomía individual. Y tampoco es un autor político en el sentido cientista, pero no están ausentes las consideraciones sobre el conflicto y coacción que las practicas de regulación estatal generan sobre los individuos que pretenden llevar un desarrollo libetario de sus acciones cotidianas.
La impronta liberal esta presente en su textos en termino de particulares reclamos acerca de las garantías políticas para el ejercicio de la libertad personal.
Por su formación en el ámbito de la Psiquiatría uno de los tópicos elegidos por Szasz para arengar a tamaño corpus, es la categoría de Enfermedad Mental. Szasz proclama que la enfermedad mental no existe. Porque los criterios médicos de diagnóstico deben ser las lesiones de orden físico. Y el tratamiento psiquiátrico se produce sobre trastornos de conductas indeseados que son llamados enfermedades, pero que tras sí encubren sistemas opresivos y mecanismos de control destinados a sostener funciones gubernamentales y religiosas.
Para entrar en las originales propuestas de este autor, voy a entrar de lleno en uno de los conflictivos ámbitos de reflexión del autor: la defensa del derecho a las drogas. Es arbitrario el recorte, ya que también perspectivas sobre el aborto o la eutanasia hubieran sido tan interesantes como las que desarrollo a continuación.
La referencia teórica inicial en defensa del derecho a las drogas es a James Madison, en su artículo Property (1792) a quien cita En su mas amplio y justo sentido, la propiedad abarca todas las cosas a las que un hombre puede asignar un valor [e incluye aquello] que los individuos sostienen con sus opiniones, su religión, sus pasiones y sus facultades.
Las drogas para Szasz estarían en la lista precedente de Madison. Como principio todo objeto del universo puede tratarse como propiedad. Las drogas, como los diamantes o la ropa que uno porta, son una forma de propiedad. Y de acuerdo a ello debemos preguntarnos ahora por qué el título de la propiedad privada sobre las drogas no debe ser legal como el título de propiedad sobre los diamantes o la ropa.
Desde el siglo XIX la palabra libertad significa el derecho a la vida, a la autonomía y a la propiedad; apoyándose firmemente los dos primeros elementos sobre el último. Aunque destacar el derecho a la propiedad no significa que la propiedad sea mas importante que la vida o la libertad, o -como a los enemigos de la libertad individual les gusta afirmar- que la propiedad sea mas importante que el pueblo. Significa solamente que la propiedad tan solo es la “convención” que protege mejor la vida y la libertad; que -como sostiene E.J. Erler- cuando vida y libertad están en juego, están ya en peligro. Y de aquí que el derecho a la propiedad constituya un tipo de “sistema de aviso rápido” para invasiones a la vida y a la libertad. Y nuestra pérdida de derecho a las drogas debe ser precisamente atendida como un aviso de aquel tipo.
Dado que tanto nuestros cuerpos como las drogas son tipos de propiedad, lo que Szasz intenta mostrar es como la producción, el comercio y el uso de drogas son derechos sobre propiedades, y cómo las prohibiciones de drogas constituyen un despojo violento de derechos constitucionales básicos.
A partir de la confrontación de un resonado caso en la historia del derecho norteamericano (caso Dred Scott de 1857), con la Harrison Narcotic Act (que prohibe la tenencia de opiáceos en 1914), el autor llega a una conclusión por lo menos extraña. En 1857 los americanos blancos tenían derecho constitucional a poseer negros americanos porque los mismos constituían una propiedad. Y apenas medio siglo mas tarde no tenían derecho a poseer opiáceos porque el congreso los declaró “narcóticos”, no susceptibles de compra y venta como artículos de comercio.
Para el autor, la frase derecho a la vida, la libertad y a la búsqueda de la felicidad que antes fue una proclamación de desafíos, se ha convertido en una hipocresía sin sentido. Los diversos criterios de los padres fundadores de la Filosofía Política, implican ver al hombre como un ser dotado por su creador con derechos inalienables, entre ellos derecho a la vida, la libertad y la propiedad privada. Para ejercitar tales derechos el Hombre debe ser un adulto autodisciplinado, titular de un derecho anterior a los que ellos enumeraron; un derecho tan elemental que nunca les pareció a los redactores necesario nombrarlo. Así consideraron ellos la autopropiedad, porque como Locke, supusieron que precede a todos los derechos políticos, y porque comprendieron claramente la distinción entre dios y estado, uno mismo y la sociedad.
Szasz sostiene que hemos perdido nuestro derecho mas importante: el derecho a nuestros cuerpos.
Una persona pierde ese derecho siendo despojado de la libertad de cuidarlo y controlarlo como considere apropiado. Este tópico es crucial para plantear la crítica a la llamada Guerra a las drogas. Una persona puede perder el derecho a su cuerpo del mismo modo que puede perder el derecho a su libertad y a su propiedad: cuando alguien lo despoja de él.
Cuando una persona privada quita la libertad, la vida o la propiedad a un individuo llamamos al primero criminal y al último víctima. Cuando un agente del estado hace tal cosa, y lo hace legalmente, de acuerdo con la ley, lo consideramos como funcionario que impone la ley cumpliendo con sus deberes, y consideramos a la persona despojada de sus derechos como a un criminal que recibe su justo castigo. Sin embargo, cuando los agentes del estado terapéutico nos despojan del derecho a nuestro cuerpos, no nos vemos como víctimas ni como criminales, sino como pacientes. Y aquí también Szasz incluye una tercera forma de pérdida de nuestro derecho a la propiedad: los impuestos. Los impuestos y la prohibición de drogas son intervenciones coactivas del estado, y ambos se justifican ante todo sobre fundamentos paternalistas.
Cuando el estado nos despoja de nuestro derecho a las drogas, y lo justifica como controles sobre drogas, no debemos considerarnos pacientes que reciben protección del estado ante la enfermedad, sino víctimas despojadas del acceso a las drogas. De la misma forma, que cuando el estado nos despoja del derecho a la propiedad y lo justifica como impuesto a la renta, el autor considera que no es en pro de generar beneficios ciudadanos en servicios del estado para las diversas necesidades, sino que debemos considerarnos víctimas despojadas de una parte de nuestros ingresos.

Ahora. Volviendo al tópico inicial. En el registro del lector normal, Szasz no desconoce la aprehensión y rechazo que el libre acceso a drogas suscita en aquellos. Pero recuerda que la esencia de la libertad es la elección, y que la misma implica opción para hacer elección equivocada, esto es, para “abusar” de la libertad y además sufrir las consecuencias. Los derechos suponen oportunidades, así como riesgos. Podemos ver el derecho a las drogas como algo que nos ofrece control sobre nuestro destino médico y fisiológico, o como algo que nos ofrece gente que abusa de las drogas y –en palabras del autor- bebés del crack.
Ambas imágenes son reales y verdaderas y la elección es nuestra. En una simpática analogía retoma la idea que, podemos ver a los supermercadistas como gente que nos proporciona los mejores y mas abundantes alimentos y bebidas, y no como malhechores decididos a dificultar la vida de anoréxicos y bulímicos con problemas. No responsabilizamos de la obesidad a quienes le venden comida a los gordos, pero atribuimos los hábitos de los adictos a quienes les venden drogas.

Ahora veamos cómo introduce en esta línea la defensa y lo propicio del libre mercado también para éste ámbito.
Parte que la propiedad privada es indispensable como base económica y precondición para un gobierno adaptado a la libertad, y utiliza esa expresión para recalcar que ningún gobierno puede estar comprometido con la libertad. Sólo el pueblo puede estarlo. Debido a su naturaleza misma, el gobierno tiene un interés en ampliar su libertad de acción, lo cual implica necesariamente reducir la libertad de los individuos.
Entonces aquí enciende la maquinaria del libre mercado, atribuyendo a éste un mérito moral, además de ser un mecanismo eficiente para producir y distribuir bienes y servicios. El libre mercado es bueno porque anima a la cooperación social (producción y comercio) y desalienta la violencia y el fraude (la explotación de muchos por unos pocos dotados de poder coactivo), y porque es un orden moral-legal que coloca el valor de la persona como individuo por encima de su valor como miembro de la comunidad. Ello está implícito en la idea de que quienes deseen disfrutar los beneficios del libre mercado deben asumir responsabilidad por sus acciones, y quedan obligados a responder de ellas; que atienden al principio de caveat emptor[1] -no al estado paternalista- para protegerse de los riesgos inherentes al ejercicio de la libertad; y que entre los riesgos con los que deben vivir están aquellos asociados con las drogas y los tratamientos médicos. Es resumen, los preceptos fundamentales de la filosofía moral y la economía política no pueden separarse: son simbióticos, unos dependen de otros.

Y no menos original es su perspectiva sobre las políticas de drogas. Disiente tanto de los criminalizadores como de los legalizadores: de los primeros porque cree que la ley penal debe utilizarse para protegernos de los otros, no de nosotros mismos; de los últimos porque cree el autor que esa conducta –incluso si fuese real o potencialmente autolesiva- no es una enfermedad, y que ninguna conducta debe ser regulada mediante sanciones llamadas “tratamientos”.
De éstas, la argumentación mas controversial, y la menos escuchada por estos lados, es la oposición a la legalización de las drogas. No es costumbre encontrar estas terceras posiciones en las miradas cuando se discuten la legalidad o ilegalidad de los estupefacientes. En tal sentido la originalidad del autor merece nos detengamos un momento.
Que debemos entender por los términos legalizar las drogas?
El autor sostiene que como somos el producto de casi un siglo de infantilización, tiranía médica y estatismo, el vocabulario que empleamos en relación con las drogas refleja la historia del control sobre ellas. Cuando se junta el término droga, el significado de la palabra legal sufre un notoria metamorfosis. En el siglo XIX un objeto o servicio legal era algo que se podía comprar en el mercado libre, mientras que un objeto ilegal era algo que solo se podía comprar en el mercado negro. Y además se castigaba y prohibía sólo la venta de los bienes y servicios ilegales, no su compra y su uso. Hablando estrictamente, objeto legal es el que podemos comprar sin tener que dar una razón para desearlo, y sin necesidad de un permiso de burócratas gubernativos o preceptores médicos.
Qué proponen los legalizadores de drogas? Proponen un esquema de supervisión estatal, una u otra forma de distribución estatal de las drogas hoy prohibidas. Sin embargo, tales medidas no son métodos para transformar un producto ilegal en uno legal; son métodos para la burocratización, medicalización y politización del mercado, no para su liberación. Muchos de los legalizadores reconocen que son “medicalizadores”. Szasz sostiene que la medicalización es el problema, no la solución.
Ya sea utilizado por médicos, abogados, periodistas o profanos en la materia, el término legalización de las drogas ha llegado a significar una forma “mas ilustrada” de control estatal sobre el mercado de drogas.
Las personas hoy caracterizadas como legalizadores de la droga son, en realidad, medicalizadores y así, de facto, prohibicionistas paternalistas. La diferencia entre el prohibicionista encubierto o “legalizador” y el prohibicionista reconocido “defensor de la guerra antidrogas” es que el primero desea prohibir diferentes sustancias, y castigar a los violadores de las leyes contra drogas menos severamente que el último. El legalizador típico recalca así que la marihuana es menos mala que el tabaco, o que es eficaz en el tratamiento del glaucoma, luego mantiene que su uso, al menos para determinados propósitos, debiera ser legal.
Y como cierre el autor se opone a que alguien se defina como partidario de la legalización o antiprohibicionista y luego proponga otras maneras de manejar a consumidores como otros desviados.
La esencia moral del programa antiprohibicionista debe ser para Szasz, eliminar la distinción legal entre derechos y deberes de quienes consumen drogas legales como café o tabaco, y los de quienes consumen drogas ilegales como la marihuana y cocaína.


A modo de conclusión
La definición de Liberalismo a lo largo del tiempo ha ido connotando diversas derivaciones. Desde las formas fundadoras, las perspectivas contemporáneas y las líneas de llegada que constituyen, por ejemplo, el ideal de los libertarians, se han puesto en consideración infinitas propuestas de accionar político que occidente ha conocido desde el siglo XIX.
Este trabajo no fue pensado mas allá de realizar una pequeña reseña teórica para llegar a trabajar las originales ideas de Thomas Szasz.
Ahora bien, aunque en momentos, lugares y desde compromisos diferentes los autores mencionados han hecho su frondoso aporte, podemos conjeturar que un tópico común es la preocupación de quienes definen el liberalismo clásico y moderno: el problema del Estado.
En los clásicos el estado es una roca insoslayable en el camino de la modernidad. Todo por profesar y razonar.
En el neoliberalismo, las avanzadas del estado socialista y el estado de bienestar ameritan reconstituir las armas racionalistas liberales buscando una problematización de los efectos del estado paternalista que finalmente quita responsabilidad –y autonomía- a los individuos que los componen.
Y para el libertarian el miedo al Estado Terapéutico, que a partir de los copamientos médicos de las estructuras sociales donde se reflejan las actividades individuales, no dejan espacios para la libertad personal en términos de elecciones de vida, e incluso en términos de cuestiones de propiedad.
El estado en todas las formas es el enemigo a reducir.
Aunque puesto de esta forma no parecería distar demasiado del Anarquismo. De hecho el liberalismo puede separarse holgadamente de la otra tradición, ya que el mismo aboga por la supremacía de la ley como condición primera para la garantía política de las libertades individuales.

Bibliografía



· José Guilherme Merquior Liberalismo Viejo y Nuevo – Mexico - Fondo de Cultura Económica – 1993


· Judith N. Schklar El liberalismo del miedo En El Liberalismo y la vida Moral compilado por Nancy Rosemblum – Buenos Aires – Nueva Visión - 1993


· Raymond Aaron Las Etapas del Pensamiento Sociológico – Buenos Aires - Fausto – 1996


· Norberto Bobbio La Teoría de las Formas de Gobierno en la Historia del Pensamiento Político – Mexico – Fondo de Cultura Económica – 1987


· Pierre Manent Historia del Pensamiento Liberal – Buenos Aires – Emecé – 1990


· Thomas Szasz El mito de la Enfermedad Mental – Amorrortu – 1961

Nuestro Derecho a las drogas – Anagrama – 1993

Libertad Fatal – Anagrama –


[1] “tome precauciones el adquiriente” se trata de una maxima jurisprudencial latina que atribuye al comprador de un rpoducto la responsabilidad de evitar un perjuicio para sí.

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